domingo, 6 de septiembre de 2015

El proceso - Franz Kafka

La detención

Alguien tenía que haber calumniado a Josef K, pues fue detenido una mañana sin haber hecho nada malo. La cocinera de la señora Grubach, su casera, que le llevaba todos los días a eso de las ocho de la mañana el desayuno a su habitación, no había aparecido. Era la primera vez que ocurría algo semejante. K esperó un rato más. Apoyado en la almohada, se quedó mirando a la anciana que vivía frente a su casa y que le observaba con una curiosidad inusitada. Poco después, extrañado y hambriento, tocó el timbre. Nada más hacerlo, se oyó cómo llamaban a la puerta y un hombre al que no había visto nunca entró en su habitación. Era delgado, aunque fuerte de constitución, llevaba un traje negro ajustado, que, como cierta indumentaria de viaje, disponía de varios pliegues, bolsillos, hebillas, botones, y de un cinturón; todo parecía muy práctico, aunque no se supiese muy bien para qué podía servir.

—¿Quién es usted? —preguntó Josef K, y se sentó de inmediato en la cama.

El hombre, sin embargo, ignoró la pregunta, como si se tuviera que aceptar tácitamente su presencia, y se limitó a decir:

—¿Ha llamado?

Anna me tiene que traer el desayuno dijo K, e intentó averiguar en silencio, concentrándose y reflexionando, quién podría ser realmente aquel hombre. Pero éste no se expuso por mucho tiempo a sus miradas, sino que se dirigió a la puerta, la abrió un poco y le dijo a alguien que presumiblemente se hallaba detrás:

Quiere que Anna le traiga el desayuno.

Se escuchó una risa en la habitación contigua, aunque por el tono no se podía decir si la risa provenía de una o de varias personas. Aunque el desconocido no podía haberse enterado de nada que no supiera con anterioridad, le dijo a K con una entonación oficial:

—Es imposible.

—¡Es lo que faltaba! —dijo K, que saltó de la cama y se puso los pantalones con rapidez—. Quiero saber qué personas hay en la habitación contigua y cómo la señora Grubach me explica este atropello.

Al decir esto, se dio cuenta de que no debería haberlo dicho en voz alta, y de que, al mismo tiempo, en cierta medida, había reconocido el derecho a vigilarle que se arrogaba el desconocido, pero en ese momento no le pareció importante. En todo caso, así lo entendió el desconocido, pues dijo:

—¿No prefiere quedarse aquí?

—Ni quiero quedarme aquí, ni deseo que usted me siga hablando mientras no se haya presentado.

—Se lo he dicho con buena intención dijo el desconocido, y abrió voluntariamente la puerta.

La habitación contigua, en la que K entró más despacio de lo que hubiera deseado, ofrecía, al menos a primera vista, un aspecto muy parecido al de la noche anterior. Era la sala de estar de la señora Grubach. Tal vez esa habitación repleta de muebles, alfombras, objetos de porcelana y fotografías aparentaba esa mañana tener un poco más de espacio libre que de costumbre, aunque era algo que no se advertía al principio, como el cambio principal, que consistía en la presencia de un hombre sentado al lado de la ventana con un libro en las manos, del que, al entrar K, apartó la mirada.

—¡Tendría que haberse quedado en su habitación! ¿Acaso no se lo ha dicho Franz?

—Sí, ¿qué quiere usted de mí? —preguntó K, que miró alternativamente al nuevo desconocido y a la persona a la que había llamado Franz, que ahora permanecía en la puerta. A través de la ventana abierta pudo ver otra vez a la anciana que, con una auténtica curiosidad senil, permanecía asomada con la firme resolución de no perderse nada.

—Quiero ver a la señora Grubach —dijo K, hizo un movimiento corno si quisiera desasirse de los dos hombres, que, sin embargo, estaban situados lejos de él, y se dispuso a irse.

—No —dijo el hombre de la ventana, arrojó el libro sobre una mesita y se levantó. No puede irse, usted está detenido.

—Así parece —dijo K— ¿Y por qué? preguntó a continuación.

—No estamos autorizados a decírselo. Regrese a su habitación y espere allí. El proceso se acaba de iniciar y usted conocerá todo en el momento oportuno. Me excedo en mis funciones cuando le hablo con tanta amabilidad. Pero espero que no me oiga nadie excepto Franz, y él también se ha comportado amablemente con usted, infringiendo todos los reglamentos. Si sigue teniendo tanta suerte como la que ha tenido con el nombramiento de sus vigilantes, entonces puede ser optimista.

K se quiso sentar, pero ahora comprobó que en toda la habitación no había ni un solo sitio en el que tomar asiento, excepto el sillón junto a la ventana.

Ya verá que todo lo que le hemos dicho es verdad dijo Franz, que se acercó con el otro hombre hasta donde estaba K. El compañero de Franz le superaba en altura y le dio unas palmadas en el hombro. Ambos examinaron la camisa del pijama de K y dijeron que se pusiera otra peor, que ellos guardarían ésa, así como el resto de su ropa, y que si el asunto resultaba bien, entonces le devolverían lo que habían tomado.

—Es mejor que nos entregue todo a nosotros en vez de al depósito —dijeron—, pues en el depósito desaparecen cosas con frecuencia y, además, transcurrido cierto plazo, se vende todo, sin tener en consideración si el proceso ha terminado o no. ¡Y hay que ver lo que duran los procesos en los últimos tiempos! Naturalmente, el depósito, al final, abona un reintegro, pero éste, en primer lugar, es muy bajo, pues en la venta no decide la suma ofertada, sino la del soborno y, en segundo lugar, esos reintegros disminuyen, según la experiencia, conforme van pasando de mano en mano y van transcurriendo los años.

K apenas prestaba atención a todas esas aclaraciones. Por ahora no le interesaba el derecho de disposición sobre sus bienes, consideraba más importante obtener claridad en lo referente a su situación. Pero en presencia de aquella gente no podía reflexionar bien, uno de los vigilantes —podía tratarse, en efecto, de vigilantes—, que no paraba de hablar por encima de él con sus colegas, le propinó una serie de golpes amistosos con el estómago; no obstante, cuando alzó la vista contempló una nariz torcida y un rostro huesudo y seco que no armonizaba con un cuerpo tan grueso. ¿Qué hombres eran ésos? ¿De qué hablaban? ¿A qué organismo pertenecían? K vivía en un Estado de Derecho, en todas partes reinaba la paz, todas las leyes permanecían en vigor, ¿quién osaba entonces atropellarle en su habitación? Siempre intentaba tomarlo todo a la ligera, creer en lo peor sólo cuando lo peor ya había sucedido, no tomar ninguna previsión para el futuro, ni siquiera cuando existía una amenaza considerable. Aquí, sin embargo, no le parecía lo correcto. Ciertamente, todo se podía considerar una broma, si bien una broma grosera, que sus colegas del banco le gastaban por motivos desconocidos, o tal vez porque precisamente ese día cumplía treinta años. Era muy posible, a lo mejor sólo necesitaba reírse ante los rostros de los vigilantes para que ellos rieran con él, quizá fueran los mozos de cuerda de la esquina, su apariencia era similar, no obstante, desde la primera mirada que le había dirigido el vigilante Franz, había decidido no renunciar a la más pequeña ventaja que pudiera poseer contra esa gente. Por lo demás, K no infravaloraba el peligro de que más tarde se dijera que no aguantaba ninguna broma. Se acordó sin que fuera su costumbre aprender de la experiencia de un caso insignificante, en el que, a diferencia de sus amigos, se comportó, plenamente consciente, con imprudencia, sin cuidarse de las consecuencias, y fue castigado con el resultado. Eso no debía volver a ocurrir, al menos no esta vez; si era una comedia, seguiría el juego.

Aún estaba en libertad.
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sábado, 5 de septiembre de 2015

El caso de los exploradores de cavernas de Lon L. Fuller

Resumen

 

Se plantea un caso ante la Suprema Corte de Newgarth tras la apelación de los acusados por haber sido declarados culpables por el Tribunal del Condado de Stowfield.

Cinco miembros de una Sociedad Espeleológica, aficionados a la exploración de cavernas, penetraron en el interior de una de ellas y cuando se hallaban muy lejos de la entrada una avalancha de rocas bloqueó la única salida posible.

La Sociedad Espeleológica se ocupó de las tareas de rescate cuyo objetivo fue logrado recién al trigésimo segundo día a contar desde la entrada de los exploradores en la caverna.

No obstante los exploradores se comunicaron con la Sociedad a través de un equipo inalámbrico portátil para informarse acerca de sus posibilidades de sobrevivir.  Roger Whetmore, uno de los exploradores, creyó conveniente proponer que uno de ellos muriera para servir de alimento a los restantes. No encontrando una solución más adecuada sus compañeros estuvieron de acuerdo.

Cuando estaban a punto de echar los dados para designar a la víctima, Whetmore se arrepintió y dijo que le parecía prudente esperar una semana más antes de adoptar la drástica decisión que había planteado. Su propuesta  no fue aceptada, fue acusado por el resto de los exploradores de violación de lo convenido y procedieron al sorteo.

El azar determinó que el propio Whetmore se viera perjudicado por su jugada que hizo otro explorador en su nombre; fue privado de su vida y comido por sus compañeros.

El rescate de los exploradores provocó importantes pérdidas humanas porque costó la vida de diez obreros que trabajaban en la remoción de los obstáculos que impedían la liberación de los atrapados. Luego de los primeros socorros se envió a los exploradores a un hospital donde fueron tratados física y psicológicamente (por desnutrición y shock nervioso): cuando recuperaron su salud los sometieron a un proceso por homicidio en la persona de Roger Whetmore.

En un extenso veredicto el Jurado del Tribunal del Condado de Stowfield decidió que los hechos habían ocurrido según lo narrado y por decisión del Juez los acusados fueron declarados culpables de homicidio.

Una vez disuelto el jurado sus miembros suscribieron un oficio al Jefe del Poder Ejecutivo pidiéndole que conmutara la pena de muerte por la de seis meses de prisión. El juez actuante procedió de manera similar.

El Poder Ejecutivo se mantuvo a la expectativa aguardando la decisión de la Suprema Corte sin responder a las peticiones efectuadas por el tribunal de Stowfield.

A su tiempo la sentencia del tribunal fue confirmada por la Corte.


            OPINIÓN DE LOS JUECES
 
             PRESIDENTE TRUEPENNY:

El  Presidente de la Corte dejó en claro desde su postura Positivista afirmando que por sobre todo hay que cumplir con la ley. Encuentra culpables a los acusados.

Hay que respetar la ley para evitar el estimulo a su transgresión.

El Jefe del Poder Ejecutivo debería adoptar alguna forma de clemencia para mitigar los rigores de la ley; si así ocurre, se hará justicia sin menoscabar la letra ni el espíritu de la ley y sin ofrecer estimulo a su transgresión.



                                                          MINISTRO FOSTER:

Foster pretende encaminar el caso desde su visión Iusnaturalista intentando justificar los hechos, que según él, no pueden juzgarselos a partir del Derecho positivo sino del Derecho natural ya que el estado de naturaleza reinaba moralmente en los exploradores.

Encuentra inocentes a los acusados.

Sostiene que en este caso se pone en juego no sólo el futuro de los acusados, sino el "Derecho" del Commonwealth. Si son condenados, el Derecho mismo será condenado debido a que el común popular disiente con la condena de los acusados; por lo tanto si se resolviese que los acusados tuvieron culpa alguna, el orden jurídico -a su entender- no habrá pretendido realizar justicia en este caso.

Tiene dos fundamentos esenciales para demostrar la inocencia de los acusados:

No puede aplicárse el Derecho positivo del Commonwealth sino el Derecho natural; el Derecho positivo presupone la posibilidad de la coexistencia de los hombres en sociedad y al desaparecer dicha condición desaparece su obligatoriedad.

Los acusados se encuentran justificados moralmente por haberse regido por un contrato social preestablecido por ellos y, más especificamente, promovido por la víctima. Además, debe tenerse en cuenta que la vida humana no tiene el mismo valor en el estado de sociedad civil que en el estado de Naturaleza; ahora, si en el primero se vive arriesgando la vida de algunos para salvar la de otros, qué se podría esperar en un estado de Naturaleza.

Y aún suponiendo que el Derecho positivo sea aplicable, no tiene por qué ser estricto y literal; no importan tanto las palabras sino el propósito perseguido por la ley, "un hombre puede violar la letra de la ley sin violar la ley misma". Se debe aceptar fidelidad a las leyes y a la Cámara de Representantes, pero una fidelidad inteligente, "la corrección de obvios errores u omisiones legislativas no significan suplantar la voluntad del Legislador, sino hacerla efectiva".



                                                             MINISTRO TATTING:


No encuentra justo que se los haya acusado de asesinato.

Critica ambas proposiciones de Foster por emitir un voto plagado de contradicciones y falacias. Estima que sus proposiciones son contradictorias:

¿Por qué puede afirmarse que esos hombres se encontraban en un estado de Naturaleza? ¿En qué momento pasan de un estado a otro?

Si el caso no corresponde al Derecho positivo entonces no puede ser tratado por el Tribunal del Commonwealth, que decide según ese mismo derecho. Si el caso debería ser tratado en base al Derecho Natural ¿que autoridad sería competente para designar un tribunal de la naturaleza?.

Según el pensamiento de Foster, los acusados al matar a Whetmore estaban  ejerciendo los Derechos conferidos por el convenio. No puede entender cómo Foster puede regirse por una escala de valores en la que el Contrato es más importante que el Homicidio.

En su segundo fundamento Foster justifica equivocadamente su argumento aduciendo que tanto en el caso a tratar como en otro de defensa propia, no se cumple el propósito preventivo de la ley pero así tampoco se viola el Derecho positivo. Es criticable a este fundamento el hecho de que considere a la prevención como único propósito de las leyes penales. También se equivoca al considerar similares el caso a tratar y uno de defensa propia, sin señalar que en defensa propia se actua impulsivamente y no intencionalmente como ocurrió en el caso a juzgar.

Se declara incompetente para resolver el caso.


                                                          MINISTRO KEEN:

A pesar de no estar de acuerdo en su totalidad con el contenido de la ley cree que la solución no es dejar de aplicarla tal cual está escrita, sino modificarla pero que esto no es función del Poder Judicial al cual pertenece. Demuestra una postura Positivista.

Piensa que el resto de sus colegas fracasaron al no distinguir los aspectos jurídicos de los morales.

Los acusados deben ser condenados.

Hay que dejar de lado dos cuestiones que no deberían importarle a la Corte: primero, si el jefe del Poder Ejecutivo, debería o no concederle clemencia a los acusados en el caso que sean considerados culpables; segundo, si es justo o injusto, bueno o malo lo que hicieron estos hombres.

"Concedería un perdón total a estos hombres"  -dice- "pero mi función me obliga a dejar de lado mis concepciones de moralidad y aplicar la ley como ha sido escrita. La ley debe aplicarse como la concibió el Poder Legislativo, y los jueces no son quienes para investigar sus propósitos que además suelen ser diversos".


                                                          MINISTRO HANDY:

Es un hombre muy práctico, Realista, piensa que siempre hay que tener en cuenta la realidad para resolver cada caso en particular.

Critica a Truepenny y a Tatting por querer desentenderse del problema.

Los acusados son inocentes. La sentencia debe revocarse.

El gobierno es un asunto humano, los hombres son gobernados no por palabras sobre el papel o por teorías abstractas sino por otros hombres.

Debería tratarse a las formas y a los conceptos abstractos como instrumentos y resolver cada caso acomodando esos instrumentos para obtener la solución más conveniente.

Hay que tener en cuenta la realidad: el caso ha despertado enormemente el interés público y la gente en su mayoría estima que no deberían ser condenados. Nadie pensaría que al absolver a estos hombres la ley se vería más forzada de lo que fue expuesta al crear la excusa de la defensa propia.

La equivocación más crucial en que caen los jueces que piensan que se haría justicia si el Poder Ejecutivo conmuta la pena, es no tener en cuenta la Realidad. Si la tuvieran en cuenta advertirían que el Jefe del Poder Ejecutivo es un hombre de edad avanzada y conceptos muy rígidos; y que el clamor público tiene sobre él un efecto contrario al deseado por los jueces.


Fuente: Internet

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                                              "El caso de los exploradores de cavernas"
                                                           de Lon L. Fuller
                                      (Buenos Aires, Lexis Nexis Abeledo Perrot, 2002).   
    
                                                Comentario por Walter F. Carnota 


La reedición de este célebre relato resulta feliz y oportuna, ya que el cuento en cuestión pone en evidencia varias cosas. Como se recordará, su objeto versa sobre exploradores que quedan atrapados dentro de una caverna, y matan a uno de ellos para sobrevivir. Rescatados los supervivientes, son condenados por homicidio en primera instancia. La historia narra el fallo de la Cámara de Apelaciones.

Quizás una de sus principales contribuciones sea marcar nítidamente los perfiles de la función judicial. Así, la contraposición entre los que podríamos denominar "jueces valoristas" y los "jueces silogistas" se hace harto patente. Dos magistrados toman senderos férreamente legalistas, mientras que otros dos (incluso el muy logrado juez Foster) adoptan posturas desde la jurisprudencia realista de los valores ("valuoriented jurisprudence"). El sentenciante restante despliega todo un esfuerzo dialéctico, para finalmente declararse incompetente.

Resulta sencillo, de acuerdo con la escala axiológica y principista de cada uno, identificarse, en más o en menos, con cada personaje y sus tribulaciones.

Un segundo aspecto a rescatar en esta narración es la notoria interacción que se produce entre los jueces quienes, con honestidad y sinceridad intelectuales, aparecen, por ejemplo, criticándose a fondo. Ello es muy común en los tribunales colegiados del sistema anglo-americano, incluso la mismísima Suprema Corte de los Estados Unidos.

Finalmente, la condena capital que queda firme revela el costo humano que toda decisión involucra. A la muerte del explorador Whetmore, se le deben sumar la de diez socorristas y ahora la de los cuatro condenados. Tanta deliberación y debate para un resultado por cierto tan nefasto.

Obviamente, la riqueza de este pequeño volumen no se agota con una sola lectura, y su uso se hace muy recomendable, como fue concebido, como herramienta pedagógica en las Escuelas de Derecho. En síntesis: una entretenida muestra de sociología judicial.  


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El nombramiento real

El rey Pedro de Castilla, llamado por unos el Cruel y por otros el Justiciero, quería nombrar una vez un juez para un puesto vacante y le recomendaron a tres candidatos, a los que quiso examinar personalmente. Puso media naranja flotando en un estanque y les preguntó: —¿Qué es esto? —Una naranja —dijo el primero. —Media naranja —dijo el segundo. El tercero no dijo nada pero cogió en sus manos lo que flotaba, lo miró dándole vueltas en sus manos, y respondió: —Señor, creo que se trata de media naranja. El rey entonces le concedió el cargo diciéndole: —Mereces ser juez porque no te has fiado de tus ojos y has querido, antes de responder, examinar bien el caso y, aunque seguro, has dado la solución en forma dubitativa.

Carlos Fisas; Curiosidades y anécdotas de la Historia Universal